CIA

May 8, 2026 | Política

Salvador Covarrubias

Hace unos días, mientras tomaba un café aquí en la Ciudad de México, me quedé mirando un mapa físico del país. Mi vista se detuvo en el norte, repasando las llanuras y la sierra de Chihuahua. Esa inmensidad topográfica te engaña fácilmente; te hace pensar en el vacío. Pero allá nunca ha existido tal cosa. Hay silencio, que es muy distinto. Un silencio pesado, impuesto a balazos, a desapariciones forzadas y a tratados comerciales. A veces, leyendo a Lenin sobre las dinámicas del imperialismo o desmenuzando los textos de David Harvey, siento una frustración genuina. Me pregunto si nuestras teorías son mapas viejos que intentamos forzar sobre un territorio vivo y sangrante. Cuesta trabajo, desde la comodidad de la vida urbana, no sentir que la abstracción nos aleja del dolor real. Pienso en la Agencia Central de Inteligencia operando en Chihuahua y, te soy completamente honesto, me asalta la duda. ¿Peco de conspiranoico al meter a la inteligencia gringa en nuestro desmadre norteño? ¿Será que a los marxistas nos gusta darle demasiado crédito a las oficinas de Washington y le restamos agencia a la simple y llana avaricia de nuestros propios caciques y políticos? Es una contradicción con la que peleo a menudo. Sin embargo, basta rascar un poco la historia para que la realidad me quite la duda a bofetadas.

Tomo mi ejemplar de Las armas del alba de Carlos Montemayor y la respuesta salta de las páginas. Cuando aquellos maestros y campesinos asaltaron el cuartel de Madera en 1965, no chocaron únicamente contra las balas del ejército mexicano. Chocaron de frente contra un muro de contención continental. En plena Guerra Fría, el capital extranjero no iba a tolerar un foco de insurrección socialista en su frontera más inmediata. La inteligencia estadounidense no necesitó mandar a sus propios agentes a jalar el gatillo; envió manuales, estrategias de contrainsurgencia y presupuesto. Asesoraron el terrorismo de Estado necesario para exterminar cualquier germen de disidencia y, de paso, despejar la tierra para la futura colonización corporativa.

Hoy reconozco que el disfraz cambió, pero la función de fondo sigue intacta. Ya no hay guerrillas agraristas que cazar en la sierra. En su lugar, tenemos gigantescas naves industriales en Ciudad Juárez. Tenemos maquiladoras donde la extracción de plusvalía, esa cosificación del ser humano que Marx detalló en El Capital con precisión clínica, se ejecuta todos los días con una brutalidad que hemos normalizado hasta el asco. Y en medio de todo este engranaje, aparece el narcotráfico.

Sostengo que el crimen organizado en la frontera opera hoy como una verdadera lumpenburguesía armada. Administran el terror social. Desplazan comunidades enteras, liberan territorios ricos en agua y minerales para las concesiones trasnacionales y mantienen a la clase obrera atomizada, muerta de miedo e incapaz de articular un movimiento sindical real. Harvey llama a esto acumulación por desposesión. Es un concepto brillante y profundamente trágico. Bajo esta óptica, observo que la inteligencia extranjera puede permitirse el lujo de la distancia. No requieren intervenir de frente cuando el Estado mexicano, por abierta complicidad o por omisión calculada, junto con los cárteles, ya hacen el trabajo sucio de mantener el orden que el libre tránsito de mercancías exige. Toda esta maquinaria me deja una sensación amarga. El capital avanza devorándolo todo y Chihuahua sigue desangrándose para mantener aceitado un mercado global que no sabe ni le interesa saber de nuestro dolor. Mientras la opinión pública sigue comprando el discurso de que la violencia norteña es un simple pleito de buenos contra malos, yo sigo dándole vueltas a una idea que me persigue. Si el terror estructural es el combustible más barato y eficiente para asegurar la concentración de la riqueza en la frontera, ¿hasta qué punto la paz será alguna vez rentable para quienes realmente mueven los hilos? ¿Qué hacían esos agentes de la CIA que murieron hace unos días en Chihuahua?

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