Mi recuerdo de un cadáver
El hombre aún tenía vida, lo supe por el quejido que emitía y que se fue haciendo cada vez más débil, en parte porque yo me alejaba del lugar y en parte porque la vida abandonaba a quien lo producía. A veces pienso que fue poco humano que no me detuviera a auxiliarlo, pero me justifico ante mí mismo pensando que poco o nada podría haber hecho.
En ese entonces no tenía celular para llamar a una ambulancia o a la policía, y si hubiera podido hacer la llamada la espera para que llegara cualquier servicio médico es mínimo de media hora; y ¿Quién no conoce a la policía mexicana? si llegara la policía, hubiera querido implicarme en el hecho para luego extorsionar a mi familia.
Aquel hombre tenía múltiples heridas en el cuerpo, y tal vez la más grave era el machetazo en la cabeza. Sé que era un machetazo porque a unos metros de aquel cuerpo ensangrentado reposaba al arma ensangrentada con la que se cometió el acto que terminaría en homicidio. No tenía que ser médico para saber que a aquel hombre le queda muy poco de vida y no hubiera alcanzado a hacer por él. ¿Darle consuelo? Claro que un desconocido podría darle consuelo a un hombre moribundo que débilmente se retorcía de dolor, el hombre desvariaba por el dolor y por la pérdida de sangre, ya era tarde para hacerle compañía o para que un niño intentara ayudarlo.
Esto lo presencié cuando tenía 13 años, esa mañana de sábado alrededor de las 7:30 am me había tocado ir a comprar la leche de la “Conasupo”, de hecho me tocaba a ir mí todos los sábados desde que a mi hermano le robaron su bicicleta cumpliendo la misma tarea en la que yo me encontraba, lo robaron justo en aquel puente de fierro pintado de verde que cruzaba el río de los remedios en cuyas escaleras vi a aquel hombre languidecer. Aquel puente era el lugar perfecto para el crimen, de un lado y de otro había al menos treinta metros de terreno baldío.
Para llegar al puente tenía que pasar un callejón con pocas casas y la barda de la parte trasera de un mercado donde había solo una puerta que por seguridad se abría tarde y se cerraba temprano. Luego tenía que cruzar el periférico norte, arteria de la ciudad donde los carros pasan a alta velocidad, que por usos y costumbres normalmente es cruzado esquivando los automóviles, no obstante, yo solía cruzar aquel puente peatonal para detenerme un momento a mirar los volcanes en aquellos tiempos en que aún tenían nieve.
Aún recuerdo el camino de tres metros que mediaba entre el puente peatonal y las escaleras del puente de fierro para cruzar el río de aguas negras cuya orilla estaba tapizada de basura y cascajo, ahí fue donde encontré a aquel hombre, vi su ropa y su cuerpo cubiertos de sangre, y cuando me acerqué vi lo profundo de sus heridas, atroces cortadas en distintas partes del cuerpo y algunas que habían abierto su cabeza.
Durante los minutos que me detuve a apreciar aquella escena, aquel cuerpo se movía como reflejo de los últimos impulsos eléctricos enviados por su cerebro, no había esperanza de que viviera. Seguí mi camino, pero ya no en bicicleta, caminé atónito con las imágenes de aquel cuerpo y el lugar donde lo encontré. Mientras caminaba a la lechería, esperaba la casualidad de ver pasar una patrulla.
En mi mente la escena de horror de aquel hombre agonizando, se convirtió un sentimiento de ira, al parecer no bastaba con que hubiera gente que vive en la pobreza y rodeado de basura, sino que habitamos en una sociedad en la que una parte de los hombres pueden ser tratados como basura aún en su muerte.
Cuando me había alejado tres calles de la escena de crimen pasaron dos patrullas con dirección a aquel lugar. Seguramente alguien que pasó antes que yo decidió reportar lo que vio, pero sin quedarse en el lugar no quedarse en el lugar, o algún vecino reportó sin mantenerse en la escena. Cuando pasé de regreso por el puente aún no había llegado una ambulancia, y de hecho nunca llegaría, pues los policías ya hablaban de un deceso y acordonaron el cadáver. Al pasar por el lugar nuevamente miré detenidamente aquel cuerpo, ahora era un cadáver.
La gente de las calles aledañas se apiñó en torno al cadáver como si se tratara de un objeto en exhibición, un hecho distinguido o de un acontecimiento extraordinario. No era ni una cosa ni la otra, era el morbo lo que había reunido a la gente, pues no se trataba de un acontecimiento extraordinario. En esas calles de la ciudad, y sobre todo alrededor del Río de los Remedios, lo cotidiano era ver la muerte esparcida sobre las calles sin pavimentar, sobre los motones de basura y a veces en medio de las aguas negras.
Para aquellas personas que no alcanzaron a ver el cadáver en persona, ya sea porque se enteraron tarde o por que otra actividad les impedía sonarse al puente del río, en no más de una semana circulaba el “periódico chismoso” o “gritón” que se vocea calle por calle diciendo que contaba con imágenes “exclusivas” y toda la historia del suceso. La mayoría de las veces este periódico exageraba las historias cuando no las inventaba, y en ocasiones los atores de las fotografías eran los policías que custodian la escena de crimen. El poder del morbo es insaciable, para unos es la distracción enfermiza que les aleja por unos momentos de la situación de angustia, para otros es una forma de expiar la situación de miseria que se vive diariamente.
Las escenas de muerte les permiten a algunos de los mirones pensar que, pese a irles mal en la vida, tener la vida es ya algo, y qué mejor forma de reafirmar la vida que situarse frente a un cadáver ara poder pensar -una mala vida vale más que estar muerto-. También hay quienes piensan que la muerte es una salida cuando ya es inaguantable la vida miserable de hambre, deudas y fatiga, por eso en las orillas del río también aparecen periódicamente cuerpos de suicidas. Pero no se piense que el valor de la vida humana puede diluirse cuando se vive en la periferia, por el contrario, ahí la gente trabaja más para poder vivir y todo acto de esfuerzo en medio de la adversidad es un acto de amor que valora la vida propia y ajena.
Aquel cadáver humano fue no fue el primero que vi, y mucho menos el último, pero sí fue el cadáver con el que me detuve a reflexionar sobre la situación de violencia a que estamos sometidos los que vivimos en barrios obreros, en colonias marginadas y ahora también la gente que vive en territorios donde predominan los grupos del narcotráfico. Hoy recuerdo aquel cadáver y reflexionó sobre la situación de la humanidad que es arrojada a situaciones de violencia, en el hombre que se convierte en asesino, el de la gente que pasó antes que yo por ese puente y no se detuvieron a auxiliar al hombre herido; sobre los que se regocijan viendo escena escabrosa y de todos los hombres que sin poder explicarse la situación de violencia y pobreza en que viven se matan entre sí.
Ese fue para mí un cadáver singular, me ayudó a repudiar la barbarie actual en que viven los trabajadores en las zonas de la periferia, me llevó a pensar que debía emplear mi vida en algo útil, aún y cuando eso pudiera a mi costarme la vida, para evitar que más gente muriera “peor que perros” [1], pues a las orillas del Rio de los Remedios hay muchos cadáveres de perros, pero sus cuerpos no presentan las marcas de saña que sí tienen algunos de los cadáveres humanos que aparecen en aquella colonia de la periferia.
El recuerdo que he narrado revivió en mi mente al ver las fotografías y videos de los pobladores de Texcaltitlán defenderse del crimen organizado. Episodios similares se han dado en otras zonas donde el crimen organizado ha extendido su dominio en contubernio con mandos miliares. Como en los sexenios anteriores la población es víctima del despojo, extorción y robo por parte del crimen organizado, y de nada ha servido la creación de la Guardia Nacional puesta bajo mando militar y la entrega de poder económico que el gobierno de López Obrador ha hecho entregado al ejército.
El objetivo de fortalecer las fuerzas armadas no es combatir al crimen organizado y garantizar la seguridad de la población, sino para contener las manifestaciones ha de venir en contra de la situación de pobreza que se profundiza en el país, pues de hecho la situación de violencia en México no ha disminuido, sino que se ha acrecentado de forma tal que en 2022 México se colocó como el país con más ciudades violentas, pues nueve de las diez ciudades más violentas del mundo correspondieron a México. (https://n9.cl/5dugt)
Además, los datos del INEGI demuestran que la cantidad de homicidios cometidos durante el presente sexenio (171,800) superan a los de ocurridos bajo el gobierno de Felipe Calderón (120,560) y el de Enrique Peña Nieto (156,060), y que son los trabajadores los principales afectados por este tipo de violencia. Por esto cuando dicen que en México hay una cuarta transformación, hay motivos para poner en cuestión dicha transformación, y pensar que es cosa de tiempo para que se note la transformación tampoco es un argumento válido cuando la violencia se ha incrementado en lugar de disminuir. La violencia que se padece en nuestro país es una problemática que ninguno de los gobiernos ha podido resolver, lo que implica una solución radical, la transformación del conjunto de la sociedad y su funcionamiento.
Ojalá que los jóvenes que hoy padecen y presencian la violencia de forma tan constante, no lleguen a pensar que es algo normal y que por tanto “la vida no vale nada” y que es preferible evadir la pobreza más vale disfrutar de una vida más corta sin tantas carencias trabajando para el narcotráfico como sicarios.
Ver de frente a la violencia puede asustar y desalentar los intentos de transformar la situación en que vivimos, o puede hacer, que se comprenda la necesidad de contribuir a un cambio de raíz de la sociedad.
[1] Se hace alusión al cuento de José Mancisidor “Mejor que perros”.

