Estoy sentado en esta maldita sala de espera y siento que el cráneo me va a estallar en mil pedazos de metralla. La luz fluorescente del techo parpadea con un zumbido eléctrico que se clava directamente en mi nervio óptico como un estruendo terrible que reverbera en las paredes de este matadero esterilizado. Llevo semanas, meses, quizás una eternidad en la que el tiempo ha perdido toda su textura, durmiendo menos de cinco horas por noche. El reloj marca las cuatro de la tarde y mi cuerpo es un saco de carne exhausta, un motor quemado que funciona a medio gas por la vida, arrastrándose entre las fauces de un sistema que exige mi sangre a cambio de un salario de miseria. Trabajo y estudio al mismo tiempo. Soy el engranaje perfecto, el esclavo hipermoderno, el proletario que se autoexplota bajo la ilusión del progreso académico mientras vende su fuerza de trabajo al mejor postor para poder pagar uno que otro lujo innecesario. Sudo. Sudo a mares. Tengo las manos temblorosas. La paranoia me respira en la nuca y el estado del mundo me mantiene sumido en una depresión tan profunda y espesa que se siente como alquitrán en los pulmones. El planeta se está yendo al carajo, consumido por el fuego del imperialismo, la explotación salvaje y la avaricia de una clase dominante que nos mira desde sus torres de cristal mientras nosotros nos ahogamos en el fango de la base material. Miro a mi alrededor y veo a otros como yo. Zombis pálidos, criaturas vaciadas de toda vitalidad, esperando su turno para entrar al confesionario de este chamán burgués disfrazado de médico. Esta clínica no es un centro de curación; es una fábrica de mantenimiento. Mi presencia aquí es el testimonio absoluto de la brutalidad de la reproducción de la fuerza de trabajo que Louis Althusser diseccionó con la precisión de un cirujano. Althusser, ese viejo bastardo brillante, lo dejó muy claro; el capitalismo no solo necesita producir mercancías, necesita reproducir las condiciones de producción, y eso significa, fundamentalmente, reproducir la fuerza de trabajo del asalariado. El salario que me pagan no es más que el mínimo histórico necesario para que pueda comprar comida, entretenerme mínimamente para no estallar y presentarme a trabajar todas las santas mañanas. Pero mi salario ya no alcanza ni siquiera para sostener mi biología básica, y mucho menos mi cordura. La maquinaria me ha exprimido tanto que mi infraestructura psicológica se ha quebrado. Ya no soy un trabajador funcional. Soy un capital variable averiado.Y aquí es donde entra el truco maestro del sistema. Althusser nos enseñó que la reproducción de la fuerza de trabajo exige subsistencia material y una sumisión ideológica total a las reglas del orden establecido. La escuela me enseñó a obedecer, a leer, a escribir y a respetar la división social y técnica del trabajo. Pero cuando la escuela y la disciplina laboral fracasan porque el cuerpo físico colapsa bajo el peso de dormir menos de cinco horas al día, el Estado necesita un nuevo aparato. La clínica psiquiátrica se levanta entonces como el Aparato Ideológico del Estado más insidioso y molecular de todos. El psiquiatra no es un curandero; es un técnico de mantenimiento del capital, un agente de la clase dominante cuya única función es reparar mi sumisión ideológica para que pueda seguir operando la maquinaria sin intentar destruirla. Estoy aquí para que me ajusten las tuercas de la cabeza, para que me inyecten la ideología dominante directamente en el torrente sanguíneo, para que aprenda nuevamente a ser un buen esclavo.
La puerta se abre y una enfermera con una sonrisa plástica y muerta me llama por mi nombre. Me levanto sintiendo el vértigo del cansancio extremo, un mareo nauseabundo que me hace caminar como un borracho de pueblo. Entro al consultorio. El doctor está sentado detrás de un escritorio de caoba, rodeado de diplomas que certifican su capacidad para administrar el conductismo de Estado. Me mira con una mezcla de lástima clínica y superioridad profesional. Le explico mi situación. Le vomito mi realidad material; le digo que me estoy muriendo en vida, que la doble jornada de estudio y trabajo me está destrozando, que el mundo exterior es una pesadilla de explotación capitalista que me mantiene deprimido, que mi mente se ha fracturado y que he desarrollado Trastornos Obsesivo-Compulsivos (TOCs) que me obligan a repetir acciones como un autómata enloquecido. El doctor asiente lentamente, fingiendo una empatía que no siente, y entonces abre la boca para pronunciar el hechizo de la burguesía. Me habla de «falta de motivación». Me habla de «distorsiones cognitivas». Me dice que mi problema es una falla en mis neurotransmisores y que mi percepción de la realidad es patológica. En ese instante, una epifanía filosófica me golpea con la fuerza de un bate de béisbol en la nuca. Este hombre no es un científico; es un joven hegeliano reencarnado, el blanco perfecto de la burla furiosa de Karl Marx y Friedrich Engels en La Ideología Alemana. Marx y Engels despedazaron a Feuerbach, a Bruno Bauer y al mismísimo Max Stirner por su patético idealismo, por creer que las ataduras de la humanidad eran simples ideas, conceptos, «fantasmas del cerebro». Los idealistas alemanes pensaban que para liberar al hombre solo hacía falta cambiar su conciencia, luchar contra los dogmas y los seres imaginarios que habitaban en su mente, ignorando por completo que esa conciencia era solo el producto de las condiciones materiales de existencia. «No es la conciencia del hombre lo que determina su ser, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia», sentenció Marx, bajando la filosofía del cielo a la tierra.Y sin embargo, aquí estoy, a mediados del siglo XXI, frente a un psiquiatra que comete exactamente la misma aberración idealista. Este bastardo de bata blanca pretende convencerme de que el infierno que vivo está generado por mi propio cerebro, que mis cadenas son meras ilusiones químicas y cognitivas. Me dice que la terapia cognitivo-conductual me enseñará a «reestructurar mis pensamientos», como si cambiar mis pensamientos pudiera alterar el hecho objetivo, brutal y material de que duermo cinco horas porque el sistema capitalista me extrae la plusvalía a un ritmo que mi biología no puede soportar. El conductismo moderno y la psiquiatría institucional son la manifestación más pura y repugnante de este idealismo burgués; individualizan el sufrimiento estructural, patologizanla explotación y culpan al trabajador por no poder adaptarse a un ambiente objetivamente enfermo y decadente. El doctor quiere que luche contra los fantasmas de mi mente para que jamás dirija mi furia contra los vampiros reales que chupan mi tiempo y mi energía en el despacho y en la universidad. Es una conspiración mágica, una religión del conformismo disfrazada de ciencia médica.
La receta que yace sobre el escritorio es mucho más que un vulgar documento médico; es un tratado político. Es la materialización química del reformismo que Rosa Luxemburgo hizo pedazos con su furia dialéctica en Reforma o Revolución. Luxemburgo se enfrentó a los oportunistas y revisionistas como Eduard Bernstein, quienes creían que el capitalismo no necesitaba ser destruido mediante la revolución proletaria, que podía ser domesticado, suavizado y adaptado gradualmente mediante reformas sociales, sindicatos y medidas legislativas. Rosa demostró que estas reformas eran simples paliativos que el sistema capitalista utilizaba para protegerse a sí mismo, válvulas de escape para disminuir la presión y evitar su propia destrucción. La terapia psiquiátrica moderna y la industria psicofarmacológica operan exactamente bajo la misma lógica oportunista. La pastilla que el doctor me receta es el reformismo burgués comprimido en cien miligramos de veneno sintético. No busca transformar la realidad material que me destroza; no busca reducir mis horas de trabajo ni emancipar mi tiempo para que pueda dormir como un ser humano. Solo busca mitigar el daño colateral de la explotación. La psiquiatría es el sindicalismo amarillo de la mente. Actúa como un amortiguador, un asistencialismo químico diseñado para evitar mi colapso total, porque un trabajador muerto o completamente incapacitado ya no puede generar plusvalía. Quieren mantenerme en un estado de letargo funcional, a medio gas, suficientemente sedado para tolerar el absurdo de mi existencia, pero suficientemente lúcido para seguir fichando a la entrada del trabajo. Luxemburgo denunció que quienes eligen la reforma están eligiendo un objetivo completamente distinto a la transformación real de la sociedad; la conservación del orden capitalista en lugar de la instauración de una sociedad nueva. Al aceptar esta pastilla, estoy firmando un contrato de paz con mi propio explotador. Estoy aceptando un placebo que disipa mi energía revolucionaria, una concesión barata que garantiza que el sistema siga triturando mis huesos mientras yo sonrío bajo los efectos de los inhibidores de recaptación. El conductismo es la herramienta disciplinaria definitiva, el arma con la que la burguesía nos entrena para amar nuestras cadenas, para convencernos de que la adaptación al infierno es el estado más alto de la salud mental.
Tomo la receta con manos temblorosas. Siento una náusea profunda, un vacío en el estómago que no es hambre. Es el vértigo nauseabundo de la existencia misma. Es la angustia. Y Jean-Paul Sartre sabía muy bien de qué se trataba esto. En El existencialismo es un humanismo, Sartre defendió su filosofía de los ataques que la tachaban de promover un quietismo de desesperación, una filosofía pasiva y contemplativa que llevaba a la inacción. Sartre demostró que la verdadera angustia existencial es exactamente lo contrario; es la asunción brutal de la responsabilidad humana. Porque la existencia precede a la esencia, el hombre no es una piedra ni un trozo de musgo diseñado de antemano por un dios o un sistema; el hombre es un proyecto, condenado a ser libre, que se define únicamente por sus propios actos y compromisos. Mi depresión, este dolor paralizante que siento ante el estado del mundo, no es una enfermedad; es la angustia auténtica del ser humano frente a la atrocidad de un sistema que lo reduce a la nada. Es la comprensión radical de que el mundo está mal hecho, de que mi libertad está siendo aplastada por fuerzas materiales y que tengo la responsabilidad absoluta de comprometerme en la transformación de esa realidad. La angustia es el motor del compromiso revolucionario; es el fuego que me obliga a elegir, y al elegir, a elegir por toda la humanidad. ¿Y qué es lo que pretende hacer este psiquiatra con sus pastillas y sus ejercicios conductuales? Pretende asesinar mi angustia. Pretende extirpar la raíz misma de mi humanidad y mi libertad. El tratamiento psiquiátrico es una imposición estatal de la mala fe sartriana. Me invita a engañarme a mí mismo, a creer que no soy responsable de mi destino, que soy simplemente un organismo bioquímico defectuoso sujeto a determinismos médicos. Al medicar mi desesperación, el doctor busca inducir el verdadero quietismo; la resignación absoluta, la creencia de que no hay alternativas, de que solo me queda flotar en una nube química mientras el mundo arde a mi alrededor. Quieren silenciar el grito existencial que brota de mis vísceras para que no se convierta en un grito de guerra. Me ofrecen la comodidad de la piedra y del musgo a cambio de mi libertad. Me ofrecen el suicidio de la conciencia.
El sudor frío me resbala por la sien. Me levanto de la silla. La luz de neón me hace entrecerrar los ojos. La oficina parece distorsionarse, los bordes del escritorio se curvan como si el aire estuviera cargado de vapores de ácido. La realidad material de mi cuerpo se impone sobre la cháchara clínica. Estoy colapsando, sí, pero este colapso tiene un significado político profundo que solo V.I. Lenin podría descifrar en medio del caos. En ¿Qué hacer?, Lenin analizó el despertar del movimiento obrero ruso y observó que las primeras huelgas, los motines y la destrucción de máquinas eran explosiones de espontaneidad. Eran gritos de desesperación, destellos embrionarios de conciencia en los que la clase obrera demostraba que ya no podía soportar el yugo, perdiendo la fe en la inamovilidad del sistema que la oprimía. Mi crisis mental, mis insomnios, mi depresión aplastante y mi neurosis compulsiva son exactamente eso; una huelga biológica y psicológica espontánea. Mi sistema nervioso ha declarado la huelga salvaje contra la acumulación de capital. Mi cuerpo se niega a seguir produciendo plusvalía en estas condiciones miserables. Es un acto de resistencia visceral, inconsciente, un motín de mis células contra la dictadura del tiempo de trabajo.Pero Lenin advirtió que la espontaneidad, por sí sola, es extremadamente peligrosa. Si se la deja a su suerte, la espontaneidad del movimiento obrero inevitablemente cae bajo la dominación de la ideología burguesa, degenerando en mero trade-unionismo o política sindicalista, que se conforma con pedir migajas y mejores condiciones dentro de la esclavitud asalariada, olvidando la lucha por la revolución total. Y esto es exactamente lo que la psiquiatría hace con mi huelga biológica. El doctor es el burócrata sindical del capitalismo cognitivo. Intercepta mi revuelta espontánea y la somete al trade-unionismo de la terapia. Negocia un tratado de paz entre mi cerebro y el capital; me da un aumento de un centavo de dopamina por cada litro de sangre que me sacan.Al tratar mi sufrimiento como una cuestión individual y médica, la psiquiatría impide que esta espontaneidad se eleve hacia una verdadera conciencia socialdemócrata o conciencia de clase revolucionaria. Lenin insistía en que la conciencia revolucionaria debe ser introducida desde fuera de la simple lucha económica, desde la comprensión de las relaciones de todas las clases frente al Estado. La clínica actúa como un bloqueador de esa vanguardia de la conciencia. Encierra al trabajador en el solipsismo de su propio dolor, aislándolo de sus camaradas, convenciéndolo de que su miseria es un fracaso personal y no la consecuencia objetiva de las contradicciones del capitalismo imperialista. La pastilla es el muro que separa mi furia biológica de la organización política.
Camino hacia la puerta, apretando la receta en mi puño. El doctor me dice que siga las instrucciones al pie de la letra. Él es el poseedor de la ciencia oficial, el guardián de los manuales diagnósticos. Pero su arrogancia revela su absoluta bancarrota epistemológica. Mao Tsetung destrozaría a este charlatán en dos segundos. En Contra el culto a los libros y ¿De dónde provienen las ideas correctas?, Mao lanzó un ataque feroz contra el dogmatismo, contra aquellos que se aferran a textos e instrucciones desde arriba sin investigar jamás la situación real y concreta. El conductismo y la psiquiatría moderna son el epítome del dogmatismo reaccionario. El psiquiatra clasifica mi sufrimiento según las rúbricas estáticas de su vademécum, imponiendo una etiqueta prefabricada a mi dolor sin molestarse en investigar las condiciones materiales de mi existencia. Aísla la teoría de la práctica real. Mao nos enseñó que las ideas correctas no caen del cielo ni son innatas en el cerebro; provienen única y exclusivamente de la práctica social; de la lucha por la producción y de la lucha de clases. El conocimiento del psiquiatra es un conocimiento falso, idealista y vacío, porque está desconectado de la práctica revolucionaria transformadora. Me evalúa de forma unilateral y subjetiva, ciego a las conexiones internas entre mi insomnio y la brutalidad del sistema de alquileres, ciego a la relación entre mi TOC y la mecanización de mi vida laboral. Mao advirtió que separar la teoría de la práctica conduce inevitablemente al oportunismo y al desastre. Este médico, pertrechado con su arsenal de drogas, practica un idealismo dogmático que sirve directamente a los intereses de la contrarrevolución. Me prescribe adaptación cuando lo que la realidad material exige es la subversión total.
En Sobre la práctica, Mao afirma que la función activa del conocimiento no se detiene en la comprensión racional de las leyes del mundo objetivo; el verdadero conocimiento marxista exige que esa teoría retorne a la práctica para transformar activamente el mundo. La solución a mi colapso nervioso no se encuentra en las páginas del recetario ni en la asimilación pasiva de técnicas de relajación que me ayuden a ser un esclavo más eficiente. La solución no es interpretar el mundo interior de mis traumas; la solución, como dijo Marx en sus tesis sobre Feuerbach, es transformarlo materialmente. Me detengo en el umbral de la clínica. El aire acondicionado zumba como un panal de abejas cibernéticas. Miro la receta una última vez. Este pequeño papel es el símbolo de mi claudicación, el tratado de rendición que el Estado capitalista me ofrece para evitar mi ruina total, asegurándose de que siga rindiendo el mínimo necesario para enriquecer a mis patrones. Es el reformismo químico de Luxemburgo, la mala fe de Sartre, la ilusión idealista de los jóvenes hegelianos , la cooptación trade-unionista de mi huelga biológica que denunció Lenin, y la máxima expresión de la reificación de mi alma proletaria diagnosticada por Lukács. El asco me sube por el esófago, un asco puro, visceral, gonzo. Este no es un viaje hacia el sueño americano; es un descenso a las cloacas del control social. Rompo la receta. El sonido del papel rasgándose es el primer acto real de mi conciencia de clase. Las pastillas son el opio sintético del pueblo, la válvula de escape que la burguesía introduce en nuestras bocas para que no busquemos soluciones materiales a los problemas que ellos mismos han creado mediante la explotación. No voy a tragar su veneno. No voy a permitir que asesinen mi angustia, porque mi angustia es mi brújula. Mi depresión no es un desequilibrio químico; es un veredicto histórico sobre la podredumbre del capitalismo tardío. Voy a salir a la calle, bajo el sol abrasador y los gases de escape, con mis cinco horas de sueño y mi furia intacta. Reivindico el dolor como motor de la praxis materialista. Abandono la contemplación y abrazo la acción. La única terapia válida para el proletariado no se dispensa en las farmacias; se forja en la organización política, en la destrucción implacable de la base material que nos enferma, y en la expropiación violenta de los expropiadores que han convertido nuestras mentes en simples talleres de reparación de su sucio capital variable.

